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N ° 5/2003

Buenos Aires, abril 25 de 2003.-

Brukman, un caso emblemático

Por José Benegas

Necessity is the plea for every infringement of human freedom.

It is the argument of tyrants; it is the creed of slaves.

William Pitt, 1783

 

Los musulmanes del norte de Nigeria demostraron una intolerancia difícil de comprender cuando hace pocos días se lanzaron a matar a más de 200 ciudadanos, y dejar heridos a más de 400, todos cristianos, quemar comercios, iglesias, casas, etc. El motivo de la brutal acción fue para oponerse al certamen de belleza Miss Mundo.

 

La semana santa parece despertar cierto atractivo para el desorden en la Argentina. Esta vez no fue un alzamiento militar, sino una revuelta política relacionada con la fábrica de ropa Brukman.

La noticia no ocupa las primeras planas de los diarios hasta hoy porque estas expresiones de militancia violenta son parte rutinaria del paraíso productivista del señor Duhalde.

La fábrica fue “tomada”, es decir robada, por parte de su personal con auxilio de militantes marxistas dos años atrás. Dos órdenes de desalojo seguidas de nuevas ocupaciones llevaron a actuar a un juez de instrucción que ordenó y llevó a cabo el último desalojo el viernes pasado con el auxilio de 2000 policías para poder controlar a 200 “tomadores”. El viernes a la noche un movilero de un canal de noticias informaba en un tono de escandalosa asepsia, que los militantes habían dado un “ultimátum” al juez de instrucción para que retirara a la policía.

Los micrófonos eran monopolizados por tres abogados, uno de ellos un conocido parricida mimado de los medios, otro un ex juez Federal designado por Raúl Alfonsín que debió dejar su cargo en su momento por entregar a una familia de desaparecidos a una menor adoptada legalmente, que luego de traumas insalvables para ella se demostró que no tenía vínculo sanguíneo con aquellos a quienes había sido entregada por la fuerza.

La opinión pública solo recibió la versión de la legalidad que rige en la Argentina a través de estos tres “juristas”, según la cual, el juez estaba violando el derecho y ellos estaban ahí para defender su “justicia”. En otras palabras la injusticia de robar contra la justicia de impedirlo.

El lunes las mujeres del grupo agresor iniciaron el ataque desbordando las vallas y cuando el resto de los activistas se preparaba para seguirlas la policía de manera impecable los dispersó. Hubo cientos de detenidos. La “prensa” encabezada por el ex líder montonero Miguel Bonasso, interpretó la resistencia policial a permitir el arrebato de una fábrica como una violenta e injustificada represión policial y un mensaje para que los candidatos a presidente entendieran quién debe reprimir. Ante la evidencia la dialéctica sigue intacta. Esa gente ha estado explicándonos el país en los últimos años.

Los señores Brukman no fueron escuchados nunca. Ellos de la nada construyeron esa fábrica. Con el fruto de su trabajo compraron un predio, hicieron cálculos de costos, estimaron a cuanto podían vender sus productos. Compraron máquinas, las instalaron. Previamente se capacitaron en el diseño y confección de ropa. Después pusieron manos a la obra. Tal vez obtuvieron más de un crédito bancario. En muchas ocasiones se habrán visto con el agua al cuello para pagarlo. Soportaron pagar impuestos injustos, confiscatorios y perversos como los que rigen en la Argentina para que los señores Alfonsín, Ibarra, Moreau, de la Rúa, Duhalde, etc. coman, se vistan y tengan poder para expoliarlos en nombre del amor a la humanidad. Una humanidad entre la cual señores como los Brukman no parecen estar incluidos.

Con el fruto del trabajo de los Brukman, extraídos compulsivamente mediante impuestos, se pagaron diez años de “planes trabajar”, ellos mantienen hospitales y escuelas, gente que trabaja y produce como ellos sostienen a sindicalistas y políticos. Algunos irresponsablemente pagan la publicidad de los programas de televisión que promueven el colectivismo marxista en pleno siglo XXI.

Y eso que los Brukman constituyeron una PYME, que según la izquierda argentina es algo más virtuoso que una gran industria (para ellos el éxito cuanto menor, mejor).

Tenemos dos sistemas de valores opuestos: El que se basa en la voluntariedad del trabajo humano, en el derecho a disfrutar de lo que uno mismo produce, el del premio al esfuerzo y el de la protección al más débil que es el que produce basándose en la creencia (en esta Argentina poco fundada) de que no será expoliado. El otro sistema de valores que odia al que tiene éxito, que quiere que el que produce sanamente esté al servicio de individuos que enarbolan sus necesidades como derechos mientras tratan a los derechos ajenos como si fueran muestras de salvajismo; que se basa en la mentira permanente, en la amenaza, en la presión, en la ley del más fuerte.

Los hermanos Brukman son pocos e indefensos. Dependen para ejercer sus derechos de que la sociedad los ampare. Los revoltosos son doscientos, enarbolan palos, y son auxiliados por bandas de piqueteros con los rostros tapados y armados con piedras. En el esquema de valores predominantes los Brukman son los fuertes, las hordas son las débiles. En el sistema de valores del derecho de propiedad, el que trabaja y comercia con el fruto de su trabajo es débil y no recurre a la fuerza. El fuerte del que hay que protegerlo es el arrebatador, público o privado, que entiende que el que trabaja está para servir al que no lo hace. Como en la época de la esclavitud, con un marketing más sofisticado.

Hay otros Brukman en potencia que miran hoy y toman decisiones. La capacidad de ellos de soñar a futuro ha quedado seriamente dañada por las revueltas protagonizadas por la militancia de izquierda y aplaudida por buena parte de la sociedad. Muchos de ellos no invertirán hoy lo que mañana implicará un alto costo en fuentes de trabajo y actividades complementarias.

Los apropiadores se dicen a si mismos “trabajadores”. Pero son trabajadores que se apropian del trabajo ajeno para hacerlo (la fábrica y las máquinas son eso: trabajo ajeno) que piden el auxilio del Estado para hacer funcionar un negocio con prescindencia total de la eficiencia, es decir, de la adecuación de su producto a las necesidades de los consumidores y al ajuste de los costos al beneficio esperado. Su máxima aspiración es convertirse en empleados públicos, porque piden que la municipalidad expropie las fábricas para ellos. Ahí si que de trabajadores no les quedará un ápice.

El reparto no crea riqueza. Es una operación de suma cero. Lo que dejan de tener unos lo tienen otros. Pero es la clausura de posibilidades de creación futura. Nadie formará una empresa para que Bonasso y Cuatro Cabezas se incentiven a la gente a que se la quiten.

La fábrica de Brukman forma parte de un total de setenta que están en la misma situación en toda la ciudad. El Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra ha dado auxilio a este movimiento a través de asesoramiento respecto al mejor modo de gestionar una empresa robada y subsidios. Es decir, pagamos impuestos para que los ladrones tengan el mayor rendimiento en sus actos (podrán imaginarse la eficacia de semejantes consejos). Se siente un héroe por promover el robo de empresas. El canal oficial ATC transmite programas con una suerte de asociación de apropiadores de fábricas ajenas demostrando las “bondades” de este procedimiento, las fuentes de trabajo que generan y el gran experimento de solidaridad que existe entre asaltantes, piqueteros, militantes crónicos del marxismo de los setenta, “trabajadores de la cultura” y movileros que describen las tomas de las fábricas como “recuperación”. Los conductores de esos programas, amorales propios de esta época, no parecen inmutarse por el hecho de que ese modo de producción esté basado en la expoliación. Es igual parece ser, o hasta más solidario. Probablemente los violadores sean recibidos en cualquier momento en esos programas para explicar lo bien que se sienten y cuantas menos tensiones musculares padecen después de violar.

Y nada de esto siquiera es lo más preocupante. La anomia de la sociedad argentina es lo que verdaderamente alarma. No hay en la sociedad una sola respuesta a este esquema de valores. El reparto es la regla ética que en estos últimos 20 años se ha colocado al tope de la moral predominante. El “ganarás el pan con el sudor de tu frente” ha muerto como principio; se lo llama capitalismo salvaje.

Ni que decir en los partidos políticos. Tomemos la lista de proyectos de los actuales legisladores del llamado “centro derecha” en la Argentina. Será difícil distinguirlos de la lista de proyectos de un legislador del Frepaso. Todo es reparto y subsidio. Nuestra derecha es de izquierda.

¿Acaso es posible que los ex empleados de Brukman aprendan otra cosa que lo que están haciendo para sobrevivir?

Este esquema moral/mediático/jurídico/político rige en la Argentina con exclusividad. Desde la extrema izquierda a la derecha más de derecha lo comparten en el fondo.  No hay “derecha” (por oposición a izquierda) real en la Argentina, sino tal vez un conjunto de gente un poco más snob y con modales más refinados. Diferencias de fondo éticas no hay.

El esquema mediático-jurídico-moral que fomentó este descalabro, justifica y defiende estos movimientos, como también a los piqueteros y a los asaltantes comunes como si fueran proletarios en pleno alzamiento, a la vez que promueve el apoyo al régimen criminal de Fidel Castro. Han ganado por abandono el monopolio moral en la Argentina y bajo la vara de esta ética tan particular se ha estado juzgando a la política de los últimos quince años.

Ese sector de izquierda rabiosa ha determinado sin oposición quienes son los buenos y quienes los malos, quienes los corruptos y quienes los santos, quienes los represores y quienes los “idealistas”. Bajo ese mismo sistema de valores se ha demonizado a determinadas personas para ofrecerlas como explicación por su maldad del fracaso rotundo del estado repartidor.

En los Estados Unidos durante la década del 80 se produjo una revolución ideológica en el seno del Partido Republicano que condujo a los pocos años a la victoria de Ronald Reagan y a la postre a la caída del imperio soviético. Esa revolución consistió en hacer un profundo cuestionamiento a la idea expoliatoria que hay detrás del concepto del Estado de Bienestar. Un grupo de republicanos se decidió a dejar de aceptar el grueso del planteo socialista y cuestionarlo a fondo y pasar a defender las bases de un sistema de convivencia basado en el derecho de propiedad sin ningún complejo.

Ese cambio en la Argentina está lejos de producirse. Para que se vea lo lejos que estamos de eso, un candidato de moda que se supone que es la contracara del piquete, lo único que se ha animado a oponer a la patria piquetera fue el concepto de “cumplimiento de la ley”. No se permitirá, anunció, “la violación de la ley” para ejercer “reivindicaciones sociales”.

Lo que el candidato y la Argentina en general no asumen es la falsedad del dogma de que los protestones violentos de hoy tienen “derechos” sobre lo de otro que nos son atendidos y “justas reivindicaciones que hacer”. Sobre esta creencia pareciera que el problema es que recurren a métodos no son los autorizados por la ley en sus reclamos. Pero el problema de fondo es que en realidad no tienen derecho alguno a lo que están pidiendo y que sus métodos son adecuados a un sistema de valores opuesto al real. Ni los quince ex empleados de Brukman, ni los militantes marxistas, disfrazados de piqueteros, diputados o asambleístas, ni el Jefe de Gobierno tienen derecho a quedarse con una fábrica que ellos no formaron.

Por eso es que la cuestión con la toma de fábricas, el corte de calles y todo genero de protestas basadas en avasallar al vecino, no es la falta de adecuación formal a normas emanadas del Congreso, sino un asunto básico de justicia.


 

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